Aquellos robados, ultrajados de sus tierras, llevados como piezas de valor, tratados como objetos, como un no-ser, nos legaron esta música sin igual. Esos negros - ayer discriminados y hoy mirados de costado por un sector de la sociedad - parte fundamental de la sociedad uruguaya, crearon el candombe para todos. Sin distinción. Debemos de estar agradecidos.
Argentinos y uruguayos. Uruguayos, argentinos, unidos por el candombe. Unidos como siempre deberían de haber estado. Pero como lo dice una vieja frase, los intereses ajenos los devoraron. Y nos siguen alimentando esa sinrazón. Hay otros. Con cámara y lengua foránea, inocentes turistas que se encuentran deseosos de goce pagano y que no paran de moverse. Al compás y al revés. Pero da igual. Todos están conmovidos. Los de acá y los de allá. Cierto trance hipnótico traen estos tambores. Detrás de los vidrios del Bar Británico hay otros más. Seres incrédulos. Inexpresivos. Sin siquiera mover la patita. Con un vaso como testigos y cien preguntas sin responder.
Encuentro el humo de unas brasas que abrazan a un sin fín de sabores inigualables. Hermosas parrillitas callejeras. Cuantas alegrías al cordón de la vereda. Allá eran los medio tanques del Barrio Palermo. O del aquel carrito de 18. Acá, una esquina del Parque Lezama y sus árboles gigantes. El mismo sabor.
Las banderas de sus corazones que el viento ayuda a desplegar. Los colores reflejados en remeras, caras y maderas. Medialunas, estandartes. Gramilleros estremecidos. Escoberos y malabares circenses borrando con la mala vibra. Los niños de aquí para allá, barriletes endiablados. Aplaudo el pasar de las comparas. Relojeo a las muchachas bailarinas y a la vedette de plumas y lentejuelas. Rosa Luna también relojea la cosa.
Sin querer me elevo. Vuelo un rato a la esquina de Durazno e Isla de Flores. Me encuentro sin canas y sin panza, relojeando aquella comparsa. Ahora estoy en San Telmo pero me siento como en casa.
Nota: Esta entrada es un fragmento de un artículo llamado "Departamento Nº 20"

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